Estamos en tiempos difíciles, vemos cómo “las tinieblas cubren la tierra, y la oscuridad las naciones”. Hay guerras, enfermedades, hambre y desastres naturales, la maldad cada vez se multiplica, el amor se enfría velozmente y poco a poco muchos se apartan de la fe y de la presencia de Dios. A pesar de todo esto la humanidad sigue teniendo la única luz de esperanza llamada Jesucristo.
Aunque el versículo del día de hoy, así como todo el libro de Isaías, se refieren claramente al reino mesiánico milenario donde la gloriosa luz de Jehová brillará eternamente sobre Sión y las naciones enteras irán en pos de su presencia; la exhortación del profeta a “levantarse y resplandecer” aplica para cada creyente nuevo o antiguo en Cristo en estos tiempos presentes. Recordemos que Jesús dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. (Juan 14: 6). Él es el camino donde el hombre y el Padre se pueden encontrar, el camino a la salvación. Él es la verdad (sin error ni falsedad) que nos libera de la mentira del pecado, del mundo y de satanás. Él es la vida porque recibiéndolo no solo viviremos eternamente, sino que podemos encontrar el sosiego y descanso que nuestra alma necesita. Cuando comprendemos esto y seguimos a Jesús de todo nuestro corazón, nacemos de nuevo, su luz resplandece sobre nosotros y somos recubiertos de su infinita gloria para dar continuidad a su obra: ser la luz del mundo.
“Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.” Mateo 5:14-16